Iba corriendo y di un salto en el preciso momento de atravesar la puerta, pero no conseguí elevarme mucho, lo justo para reventarme la cabeza con el marco de la puerta; cayendo de rodillas y llevándome las manos a la cabeza. Mecíame enmimismado con el pensamiento de mi dolor y notando como los acelerados bombeos de mi corazón llenaban mi desdichada testa empujando la sangre en su interior.
Al oír mis gemidos, la madre superiora se acercó al aseo del pasillo viéndome hecho un ovillo en el suelo sin más ropas que unos calcetines y unos calzoncillos azules, aunque el color sólo se pudiera adivinar en las zonas que restaban sin que las rozaduras lo hubiesen desgastado. Que no eran muchas. Nada más verme la madre Elisenda echó el grito en el cielo haciendo que los cristales de las ventanas más cercanas vibrasen y nuestro reflejo en ellas se ondulara con la sacudida. Esto alertó a otras hermanas que faenaban en ese ala del convento, produciéndose una algarabía de monjas a mi alrededor y una ventolera de santos y vírgenes que llegaban a mis oídos entremezclándose en mis pensamientos. Tras recogerme del suelo, aún aturdido, lleváronme a la enfermería regañándome por haberlas asustado. Allí me curaron y me vendaron la cabeza. También me aplicaron un ungüento de un color verdoso claro –supuse que de hierbas- que olía a rayos y me hacía apartar la cabeza, huidizo, cada vez que la hermana se acercaba para aplicarme con la mano un poco más. Esto hacía que, cada vez que advertía mi negativa, la otra mano de la hermana contactara irremediablemente con mi cogote. Me dejaron allí, en una cama alta y estrecha para que guardase reposo hasta la hora de comer -pensar en la manduca producía en mí un sentimiento de añoranza-, librándome así de mis tareas matinales que se reducían a llevar el forraje a las bestias, darles el grano a las gallinas, sacar agua del pozo para llenar las jofainas de las hermanas y atender pequeños recados que me hacían revolotear por el convento estilo mili: “…ves corriendo y ven corriendo, que tienes que ir corriendo a otro sitio…”.
Desperté con el cerrar de la puerta que dejó tras de sí la hermana Mercedes, a pesar de su esmero para entrar en silencio. Qué buena era la hermana Mercedes, me había traído dos galletas a hurtadillas y, así, avisarme que era la hora de comer. Evitando el vendaje me acarició la cabeza por donde más me gustaba y un escalofrío me recorrió el espinazo de abajo a arriba.
Al poco de irse la hermana me senté sobre el borde de la cama, doliéndome del golpe. Salí camino del comedor y pasé por delante de la puerta del aseo y, no sin razón, me cisqué en la madre que la echó.
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